LA INFANCIA DE UN CARRERISTA ...

Mi padre siempre fue una persona muy “echada para delante”, por lo que pronto me regaló mi primera bicicleta infantil. Por supuesto, antes de entregármela, le quitó los “ruedines” posteriores que debían proporcionar el necesario equilibrio a "mi máquina".

Gracias a esa arriesgada estrategia paterna, con tres añitos ya me consideraba un fenómeno de las dos ruedas … hasta que en una frenada mal calculada, me encargué personalmente de dar trabajo extra a Pérez, el ratoncito, dejándole tres dientes de leche en una sola tacada y antes del plazo de entrega inicialmente previsto ...

 

DIEGO VALLEJO

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La bicicleta se convirtió, pese a todo, en mi vehículo de transporte oficial. Con ella pasaba horas y horas, sobre todo por la terraza de mi casa --mi padre era valiente, pero no un inconsciente--. Poco a poco fui mejorando mi técnica y empezando a ir más rápido y, seguramente influenciado por mi hermano Sergio, mi admirado hermano mayor, comencé a sentir auténtica pasión por la velocidad. Desde los seis años, mi objetivo en la vida era ser más rápido que el resto. Ya fuese en bici, en patinete o corriendo ... Cuando mi madre me encargaba "recados", los hacía tan rápido que, en ocasiones, le costaba creerme que ya hubiese ido a comprar y estuviese de vuelta:

– Diego ... Pero… ¿ya has traído el pan?

Por supuesto, no me daba tiempo ni a contestar, porque ya estaría de nuevo corriendo por la terraza como un loco. Mi adorado abuelo Arturo siempre me decía:

– Diego ... ¡¡¡Ti non eres bó para ir buscar a morte!!!

Debido a mi alocada forma de ir por la vida, causé gastos familiares en buenas cantidades de mercromina y agua oxigenada. Todavía hoy conservo en en mi cuerpo alguna que otra marca de infancia.

Como nací un martes 13 --no me importa lo más mínimo, porque no soy supersticioso-- mi madre siempre estaba preocupada por mí.

En mi historial médico infantil hay quemaduras con leche hirviendo y un par de roturas de clavícula. De todas formas, en cuanto me recuperaba, volvía a mi ritmo habitual.

Cuando ya tuve un poco más claro qué era eso de "un rallye", añadí a mi forma de correr, un extraño movimiento de manos --como si llevase un volante entre ellas-- y un ruido de coche de carreras, con sonidos de frenazos incluidos.

Esta preparación física constante --creo que hasta los 14 años nunca caminé, sólo corría-- me sirvió para destacar algo en atletismo infantil, ganando incluso alguna carrera colegial a nivel provincial. Mi asesor siempre era mi hermano Sergio, que hacía las veces de director deportivo. Lo que más me costaba en las carreras de mi infancia era evitar hacer el ruido de un motor y no mover las manos como si fuese en coche !!!

La huerta de mi amigo Lucas era, aparte de mi terraza, otro de los lugares preferidos. Pasábamos tardes enteras jugando al fútbol en el peculiar campeonato de chavales de Meira, ya que los equipos se formaban por calles. Mi equipo era “a calle de riba” y mi puesto el de portero. La verdad es que iba cumpliendo y cuando disputamos el campeonato de las fiestas de agosto ("as do 15") iba para estrella del equipo ... hasta que en la final hice una de esas “pifias” que no se olvidan ni con el paso del tiempo, que nos hizo perder la final. La decepción fue tan grande que no quise saber nada más del fútbol hasta que llegué a la Facultad.

Con el atletismo me pasó algo parecido, ya que me presenté a un "meeting de pueblo” y me metieron tal paliza que casi acabo de último. Por esos motivos tan obvios, dejé de correr “oficialmente” y no me presenté a más pruebas ni campeonatos.

Lo que me quedó claro desde esos días es que hay que ir siempre con humildad por la vida, pues enseguida aparecerá algo o alguien "que te baje los humos".

En casa de Lucas, cuando no había fútbol, tocaba jugar a indios y vaqueros. Como nadie quería ser indio, nos inventábamos unos indios imaginarios, de modo que todos eramos vaqueros. También nos dedicábamos a cazar gatitos, poniéndoles trampas. No les hacíamos daño. Nos limitábamos a atraparlos con un cesto y acariciarlos un poco ... si se dejaban, claro. Desgraciadamente, no puedo decir lo mismo de los caracoles ...

Más tarde intenté convencer a Lucas de lo bueno que era eso de los rallyes y los coches, pero no hubo manera. Era igual, tal era mi obsesión por los rallyes que, con el propio Lucas, Roberto, Cagide y Armando, mis cuatro mejores amigos de infancia, llegué a hacer una apuesta: alguna vez yo ganaría un rallye del Campeonato de España. Ellos se reían, como es normal, pero ahora parece que todos hayan olvidado que me deben una buena mariscada.

Tanto coche me valió el mote infantil de “Audi Quatro”, que era el coche que por aquél entonces ganaba los mundiales de rallyes y del que yo estaba totalmente enamorado. Afortunadamente, hace muchos años que nadie me llama así ... y no es ahora el momento de retomar tal histórico nombre.

A pesar de la desbordante afición por los rallyes, lo cierto es eso de conducir me producía respeto, así que lo fui alargando cuanto pude ... o, al menos, cuanto me dejó mi padre. Cuando finalmente me ordenó --literalmente-- que me pusiese al volante, ya había cumplido los once años, lo que era un poco tarde para lo que se estilaba en la familia --Sergio comenzó a conducir con ocho años--. Recuerdo que me dejó en una pista de tierra, sin tráfico, dando vueltas en un Seat 600, mientras él atendía a unos clientes ... y se olvidó de mí. Dos horas mas tarde detuve el coche y fui a preguntarle si ya podía parar de dar vueltas, porque estaba muy cansado.

A pesar de que teníamos ciertas nociones automovilísticas, mi hermano y yo seguíamos dependiendo de la bici para movernos. Cuando papá Sergio se ausentaba del taller, nos faltaba tiempo para disputar carreras sorteando los coches de la exposición. La diferencia de edad marcaba diferencias y siempre ganaba Sergio, de forma que decidimos equilibrar un poco la competición: él saldría "de parado" y yo podría salir "con carrerilla”.

Con doce años agarré mi primera libreta de notas y fui a "entrenar" un rallye con Sergio. A partir de ahí, llevo haciéndolo toda la vida, con unos u otros pilotos, ya que comprendí desde el primer momento que es lo que me gusta hacer en esta vida, porque me permite seguir intentando ser el más rápido ... además, tengo miedo de que si agarro el volante le dé más trabajo al ratoncito Pérez !!!

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