"Papá, quiero ser piloto"

Esta es la historia de dos niños de una pequeña villa del interior de la provincia de Lugo, que querían ser pilotos de rallyes y lucharon con todas sus fuerzas para conseguirlo. En ocasiones, con toda la ilusión, mucho sacrificio y cierta dosis de fortuna, los sueños pueden convertirse en realidad.

  

 

En la provincia de Lugo hay un lugar especial, rodeado de bosques mágicos y mil manantiales, al pie de una Sierra que lleva su mismo nombre, en la que habitaban lobos, fluían las primeras aguas del Río Miño desde el “Pedregal de Irimia” y permitía divisar desde sus cumbres toda “a Terra de Maeloc”. Ese lugar se llama Meira.

Cuenta la historia que los celtas emigrados a estos parajes desde la isla de Britannia y desde la Bretaña continental, convivieron en perfecta armonía con los galaicos. Entre britanios, bretones y galaicos conformaron aquella pacífica “Terra de Maeloc”. Los solitarios parajes célticos incitaban a la meditación y retiro mundano, por lo que atrajeron eremitas a la Sierra de Meira, que acabaron formando  comunidad en las postrimerías del siglo X, con su abad Xiraldo al frente.

 

Durante el siglo XII, la primitiva comunidad dejó su lugar a los monjes cistercienses llegados de Francia, quienes fundaron un importante monasterio, que recibió numerosas donaciones y privilegios, extendiendo sus posesiones hasta las tierras coruñesas de Ortigueira, lucenses de Ribadeo y ourensanas de Os Peares. Desde el año 1159 y por concesión real de Fernando II, todos los “meiregos” disfrutaban, por el mero hecho de serlo, de la exención del pago de peajes en todos los lugares del reino.

 

Los mercados organizados por los monjes cistercienses durante el medievo, fueron el origen de las tradicionales ferias de Meira, cita obligada para los habitantes de los territorios próximos al monasterio y a las que, en el año 1707, se concedió privilegio real para su celebración. Tras los rigores y avatares sufridos por la villa durante la invasión francesa, las guerras carlistas, la desamortización de Mendizábal, la Segunda República y la Guerra Civil,  fueron pasando los años entre actividades agrícolas, ganaderas, destilación de licores y otros negocios tradicionales.

 

La relación de la comarca meirega con la automoción tiene su curioso origen en unos vehículos enviados por Mussolini durante la Guerra Civil para apoyar a los militares sublevados contra el gobierno republicano. Los italianos trajeron muchas unidades de “Autocarrette OM 35”, pequeños camiones militares diseñados para el transporte de tropas durante su guerra de Etiopía, dotados de un motor de gasolina de 23 CV, dos ejes directrices y tracción total permanente.

 

Al finalizar la Guerra Civil, quedaron en los cuarteles españoles más de 300 unidades de “OM 35”, que se subastaron por el ejército al quedar en desuso. Por sus características y maniobrabilidad, la mayor parte fueron adquiridas en las zonas del norte de Lugo, noroeste de León y occidente de Asturias, para dedicarlas a actividades forestales. La carestía o, más frecuentemente, la inexistencia de recambios hizo que los escasos talleres mecánicos y algunas “ferrerías” de A Pontenova y lugares próximos se especializasen en reparar esas “carrocetas”, así como a realizarles mejoras para adecuarlas a su nueva actividad o para sustituir sus motores y cajas de cambios.

   

 

 

En esta época y tras períodos de aprendizaje en algunos talleres de la zona, un meirego emprendedor llamado Sergio Vallejo, considera que ha llegado el momento de “abrir taller” en Meira y dedicarse profesionalmente a la venta y reparación de automóviles, camiones, “lanrover” … y “carrocetas”. A partir de ese momento, toda la vida de la familia Vallejo giró en torno a la automoción. Sus hijos Elba, Sergio, Marga y Diego nacieron y se criaron entre coches, motores y maquinaria. Seguramente esta circunstancia fue la causa de que los dos hermanos varones tuvieran desde su infancia la ilusión de convertirse en pilotos de automovilismo.

 

Con ocho años de edad, el niño Sergio ya conducía automóviles. Su hermano Diego no fue tan precoz, pues conducir le provocaba cierto respeto, aunque él mismo cuenta que, con once años, su padre le dejó dando vueltas con un Seat 600 en una pista de tierra cercana al negocio familiar, mientras él atendía a unos clientes ... Dos horas más tarde, Diego detuvo el coche y fue a preguntar si podía parar, porque ya estaba muy cansado de conducir.

 

Antes de tener carnet de conducir, Sergio ya hizo esporádicas incursiones “en competición” participando, a espaldas de sus padres, en algunas gincanas organizadas en las fiestas patronales de localidades próximas. Cuando ganó una en la vecina Muimenta, Sergio regresó a casa esa misma tarde, pero recibió una reprimenda -más materna que paterna- al día siguiente. Resulta que sus padres habían acudido a la verbena nocturna y, durante la entrega de premios, escucharon sorprendidos a través de la megafonía: ¡Vencedor de la gincana, Sergio Vallejo!

 

 

 

 

 

  

Era tal la pasión que profesaba Sergio por el automovilismo que, al finalizar sus estudios en el Instituto de Lugo, se dirigió a su padre armado de razón y le dijo: “Papá, quiero ser piloto”. La verdad es que papá Vallejo no se lo puso fácil, pues le exigió -a cambio de un Seat Panda 45 “de carreras”- que, para participar en algún rallye en Galicia, tendría que trabajar a jornada completa, domingos de “feria” incluidos, en el negocio familiar. Por supuesto, el joven Sergio aceptó de inmediato el trato y con dieciocho años y dos meses de edad, aquel chaval de Meira que quería ser piloto, se plantó en la salida del Rallye de Noia de 1985 junto a su amigo Raúl Rego, a quien había convencido para ejercer las tareas de copiloto.

 

Tras correr con su Seat Panda algunas pruebas del campeonato gallego, con algunas incursiones en alguna prueba del nacional, se adquirió un Peugeot 309, con el que consiguió marcar sus primeros scratch en un tramo del Rías Baixas y en los tramos nocturnos y cubiertos de niebla del Rallye Ciudad de Cristal. Fue precisamente en este rallye coruñés donde la familia Blach bautizó a Sergio como "o Lobo de Meira", porque el periódico local recogía en un lateral de su portada que se avistaron lobos en la Sierra de Meira y, por esa mera coincidencia, Rober Blach achacó los buenos tiempos que Sergio había marcado entre la niebla de la noche, a unas supuestas cualidades "lobunas" de los de Meira.

El Peugeot 309 supuso el inicio de su etapa en el Desafío Peugeot, certamen que los Vallejo ganaron en el año 1994 con el Peugeot 106 Rallye, consiguiendo así alcanzar el status de pilotos oficiales durante la siguiente temporada. Tras su paso por la marca del león, comenzaron su andadura con Citroën Sport, disputando dos temporadas con el ZX del Trofeo y otras dos con el Saxo KitCar.

 

Con el apoyo de Evangelino Otero, en el año 2000 su equipo convenció a los directivos de Fiat para que regresasen a los rallyes, alcanzando la oficialidad durante cinco temporadas, en esta ocasión como pilotos de la marca italiana, a los mandos de un Punto Kit Car y un Punto S1600.

 

Después de un año de transición en el nacional, con el Renault Clio S1600-Ourense, a finales del año 2006 el equipo se lanza a la “aventura” de participar en el Rallye San Froilán con un Porsche GT3, alquilado en Oreca por un grupo de patrocinadores. El resultado convenció y la siguiente temporada Sergio y Diego se incorporaron al Team Nupel, con Bernard Vara como preparador, venciendo en varios rallyes y coronándose como Campeones de España en el año 2009.

 

Tras conseguir el título, las desavenencias surgidas con la filosofía del Team y algunos de sus componentes, provocaron que Sergio y Diego abandonasen esa estructura deportiva, comenzando a trabajar de inmediato “con su gente de siempre” para regresar cuanto antes a la competición. Lo consiguieron enseguida, en un emocionante y recordado Rallye de Ourense, con un Peugeot S2000 alquilado al preparador Barroso unos días antes. En la temporada 2011 participaron en el nacional de rallyes con un Lotus Exige GT y, más tarde, con un Porsche GT3, marca con la que repitieron entorchado nacional la pasada temporada 2014.

 

 

 

Sergio, Diego y el equipo humano de la Escudería Vallejo Racing que le acompaña desde sus inicios, son personas queridas y respetadas allá donde participan, constituyendo un ejemplo de verdadera pasión por un deporte. Han demostrado que con tesón, humildad y cercanía al aficionado, es posible “hacer cumbre”. Eso sí, siempre “tras cruzar los puertos”.

 

Seguramente les quedan algunas pruebas por disputar y algunos triunfos por disfrutar, pero lo innegable es que “os Lobos de Meira” ya ocupan una página en la historia del automovilismo y en el corazón de miles de aficionados a los rallyes.

 

 

Esta es la historia de dos niños que, siendo de Meira, jamás consiguieron la exención de pagar peajes por la concesión real de Fernando II en el año 1159 a todos los vecinos "meiregos", pero que un día dijeron convencidos en casa: “Papá, quiero ser piloto”.

 

 

Y lo consiguieron, ¡vaya si lo consiguieron! 

 

 

 

 

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